
El 8 de diciembre de 2025 se cumplen 40 años de la final de la Copa Intercontinental 1985 que disputaron Argentinos Juniors y la Juventus de Turín, una de las mejores finales de la competición. La victoria quedó en manos de la Vecchia Signora, pero un joven Claudio “Bichi” Borghi fue la figura que se adueñó de gran parte de los reflectores.
Van casi tres minutos de juego. Sobre el corner del sector derecho del ataque de Argentinos Juniors está posado el número nueve con la pelota bajo sus pies. Un número nueve diferente, quizás un vaticinio del fútbol instaurado en la actualidad
repleto de falsos nueve. Viste shorts cortos y su camiseta manga larga. “Atorrante”, como lo define Carlos Ereros, su ladero junto a Pepe Castro en la delantera que encabeza la travesía asiática. Patea la pelota con el exterior de su pie derecho y viaja con velocidad al arco bien custodiado por Stefano Tacconi que despeja la pelota y le da un nuevo córner al Bicho Colorado. Esta vez desde el costado opuesto. El atrevido número nueve de 21 años, que tuvo la osadía de intentar un gol olímpico de tres dedos a la mítica Juventus de Michel Platini en una final del mundo era el “Bichi” Borghi. Y ese disparo que efectuó en el Estadio Nacional de Tokio sería un reflejo de su carrera futbolística: lo que pudo ser y lo que fue.
“El Pibe de Oro” dicen los periodistas Miguel Ángel de Renzis y Juan Carlos Laterza, enviados a Japón por Radio Belgrano y Fútbol Color, cuando la pelota pasa por los pies de Borghi. Como si buscaran en el número 9 de Argentinos un sucesor del 10
que hacía no mucho deslumbraba a toda La Paternal a fuerza de goles y gambetas.
Victor Tujschinaider, periodista de gran recorrido en TyC Sports identificado con Argentinos Juniors, lo define así: “Ídolo y símbolo del mejor fóbal made in Paternal”. Porque de eso se trata. De lo que representa cada jugador nacido en El Semillero del
Mundo y Borghi no se escapa de esa definición. El talento estaba ahí. Era evidente que le sobraba y que no tenía techo, pero su mentalidad era diferente a la de Diego.
Oriundo de Castelar y miembro de una familia humilde y trabajadora. Oficios como zapatero, sodero, herrero y ayudante de albañil lo ayudaron a vivir el día a día antes del fútbol. Bichi, como lo llamaba su padre quien falleció cuando él tenía 9 años, fue
criado por su abuela. A ella le dió su primer sueldo como jugador de Argentinos Juniors, club donde forjó sus primeras armas futbolísticas. Lugar donde fue víctima de la comparación con el incomparable. Caminó bajo la enorme sombra de Maradona.
En palabras de Bichi, la diferencia era que Diego jugaba para ser el mejor y él para sobrevivir.
Con el pecho al frente y la cabeza levantada, Borghi deja italianos por el camino con la cadencia que caracteriza a los mejores gambeteadores. Elegantes pases de tres dedos camuflan lo que él autodenomina como su gran defecto: la pierna izquierda,
suplantada en otras ocasiones por su quirúrgica rabona. Entre gambetas y paredes, el número nueve se aleja de la zona del área para jugar con Mario El Panza Videla, el ocho, y con Sergio Checho Batista, el cinco. Aunque también lateraliza el juego con sus compañeros de ataque: el once Carlos Ereros y el siete Jose Pepe Castro. El árbitro marca el final de la primera parte: gran primer tiempo de Argentinos, pero sin conseguir que se abra alguno de los arcos del estadio Olímpico de Tokio.
Renato Corsi lo conoce muy bien. Fueron compañeros de habitación en las concentraciones y se formaron juntos en Argentinos. Son amigos hasta el día de hoy y lo define como alguien humilde, pero no por eso estaban exentos a pelearse: “Estábamos en Japón en un entrenamiento unos días antes del partido contra la Juventus. En un momento yo le tiré un caño y medio que nos fuimos a las manos. El presidente nos quería mandar a los dos a Argentina porque había salido en todos
lados. Después a la noche estábamos concentrando y durmiendo juntos”. Ambos se quedaron y jugaron el encuentro, Borghi desde arranque y Corsi entró desde el banco. En cuanto a sus condiciones, Corsi no duda: “Un nueve como Borghi no he
visto. Hasta el día de hoy no vi uno con su técnica”.
A los 10 minutos del segundo tiempo, se encuentra como testigo, desde la zona de gestación, de un excelso pase con el interior del pie derecho de Videla, la pelota cae justo delante de Ereros que define por encima del arquero italiano, víctima de una
defensa burlada por la precisión del pase. Borghi corre tras Ereros, salta frente a él y lo envuelve con sus piernas mientras caen al césped. Argentinos pone el 1 a 0 y comienza a ganar la final. Lo que empezó como “Un milagro”, como define Borghi la
consagración de Argentinos Juniors en la Copa Libertadores, continuaba como una hazaña.
Ser campeón del mundo es una condecoración de prestigio que sólo atesoran 69 argentinos. A Claudio Borghi le bastaron 79 toques de pelota en México 1986 para ser uno de ellos. Durante el mundial fue víctima de la larga concentración y de no haber
explotado al máximo sus minutos en cancha frente a Italia y Bulgaria, lo que inclinó a Bilardo por otros nombres en las fases decisivas. La actuación histórica de Maradona dejó a un lado la posibilidad de que Borghi tomara la lanza, aunque es probable que no lo hubiera hecho. Adrian Domenech, quien compartió plantel con ambos en sus inicios, los diferencia con facilidad: “Diego era un extraterrestre. Bichi era un crack”. Y también lo deja en claro Ereros: “Él no tenía la personalidad para ser el número uno ni quería serlo, no hizo lo necesario porque no le interesaba. Diego era distinto, se ponía el equipo al hombro, Bichi no era así”.
Seis minutos después del gol, Borghi tiene la pelota sobre el andarivel derecho. Un pase por el costado de su marcador Sergio Brio, que lo fue a buscar hasta la mitad de la cancha, encuentra la pared con Castro, para que Borghi continúe el galope y deje
atrás a un bianconeri que intenta barrerlo. Sigue en velocidad y con un enganche con el interior de su pie gambetea a Gaetano Scirea que en su afán de cortar a Borghi derriba a un compañero italiano que queda fuera de acción. Finaliza la jugada con una
apertura con el exterior para Ereros que a su vez busca el pase al medio frente a la deficiente marca de Luciano Favero. Mientras Borghi ingresa tímidamente al área,
Castro se anticipa con voracidad y convierte en gol el pase del número 11, lo que hubiera sido el 2 a 0. El línea marca offside y la chance de Bichi de terminar la jugada que había empezado se esfuma. Instantes después Jorge Olguín derriba a Platini en
el área. El referí cobra penal y el astro francés lo convierte en gol: 1 a 1.
Después del mundial de México llegó al Milán. “(Silvio) Berlusconi se había enamorado de el”, dijo Corsi, pero también lo sostuvo Arrigo Sacchi. El entrenador del Milán en aquel entonces definió a Borghi como un “solista” y el italiano buscaba un
“instrumentista”. Desde ese momento, Borghi se convirtió en un trotamundos: jugó en Como 1907, Neuchatel Xamax, River Plate, Flamengo, Independiente de Avellaneda, Unión de Santa Fe, Huracán, Colo Colo, Platense, entre otros equipos. “Bochini, el Beto (Alonso), Riquelme, Francescoli y Maradona no jugaron en 10 equipos. Borghi fue fantástico, pero vendía ilusiones” cerró Pepe Castro. Algo que sostiene también Carlos Ereros: “Jugó en un montón de equipos y no terminó de asentarse en ninguno
después de Argentinos”.
Videla toca la pelota para Borghi que la deja correr mientras la acompaña con un trote cansino con el que logra alejarse de la mitad de la cancha. El 9, antes de que el 8 de la Juventus lo derribe, filtra la pelota casi como si obligara a Castro a atacar a la
espalda del 3. Castro la alcanza y define para el 2 a 1. Argentinos se pone por delante en el marcador y está a 15 minutos de levantar la Copa Intercontinental. En frente está la clase europea, el central más técnico de Italia Gaetano Scirea, Michel Platini,
quien ganaría su tercer Balón de Oro consecutivo ese mismo año y Michael Laudrup, el 10 de Dinamarca. Estrellas opacadas por la magia y el potrero del Bichi, que “no tiene nada que envidiarle a nadie”, como dijo Maradona tiempo después.
“Bichi fue de los mejores que me ha tocado como compañero. No se si pudo haber sido más, para mi fue bastante grande”, dice Adrián Domenech, defensor y caudillo de aquel histórico equipo de Argentinos. Aunque difiere con Pepe Castro, quien sentencia: “Si hubiera tenido gol se podría haber sentado en la mesa de los grandes.
Le sobraban condiciones para ser crack, pero llama la atención que haya jugado en tantos equipos”. Los únicos dos amores longevos que tuvo el Bichi son Argentinos y su mujer, a quien conoció en la juventud. “No se caminar sin mi mujer”, dijo en una
entrevista el castelarense. Su carrera duró 17 años y jugó en 15 clubes, pero le bastaron seis años en la primera de Argentinos para convertirse en Ídolo. Su paso por los demás clubes fue fugaz, pero se encargó de repartir lujos y rabonas en cada lugar
que tuvo una pelota en sus pies.
A falta de ocho minutos para el fi al la Juventus empata el partido en el pie de Laudrup. Se juegan 30 minutos más. Sobre el cierre de la primera parte del suplementario Videla se la pasa a Borghi que recorta hacia afuera y elude a Brio por enésima vez en el partido. Encuentra el espacio y deja a Ereros solo contra el arquero, pero el número 11 no logra pegarle de lleno, la historia se escribe de esa manera. Como lo que fue y lo que no pudo ser. El empate persiste y en la tanda de penales la Juventus se lleva la copa a Turín. Argentinos cierra un gran partido frente al campeón de Europa y los reflectores se posan sobre el número 9. El que jugó como en el barrio frente a los mejores y no fue menos que ellos.
“Decí que no tengo otro nueve porque sino te saco”, es lo que le gritó José Yudica, entrenador del Bicho, en el entretiempo cuando erró un gol en la final de la Copa Libertadores por hacer una gambeta demás, según narró Corsi. Porque Bichi era eso,
el no engañó a nadie. Jugaba de esa manera y estaba en su instinto. Podía ser el mejor, pero no le interesaba. El denominador común en las palabras que utilizaron sus compañeros para definirlo es la intermitencia y el talento. Él era un talento intermitente y es el motivo que lo alejó de lo más alto. No fue Maradona, pero fue Borghi. Y no es poca cosa. Cuarenta años después de enfrentar a la Juventus, la evidencia de que Diego tenía razón sigue intacta. Basta con ver de nuevo aquella final para darse
cuenta que Bichi estaba a la altura de los mejores.


